
Las palabras sirven para todo propósito imaginable. Sirven para iniciar y terminar, vencer y ser derrotado, amar y dañar. Usamos las palabras como nos place, muchas veces sin pensar en el efecto que tienen. Al fin y al cabo son sólo palabras. Muchas, demasiadas veces no nos damos cuenta del valor del silencio, la belleza y la sensatez que da el no decir nada, pensar en las consecuencias de abrir la boca y hacer pensar al otro. Para qué emitir un sonido que no va a construir, sino a destruir, a rebajar la idea que el otro tiene de nosotros. Y para qué hacerlo cuando somos conscientes de ello, si no es para producir dolor y confusión. Nos olvidamos en un mundo tan rápido, tan ruidoso, de que muchas veces lo mejor que se puede decir es nada.
Pero qué regalo, también, las palabras. Gracias a ellas estamos hoy aquí, estoy yo hablando y vosotros escuchando, aunque no se oiga nada. Qué gratificante resulta hacer una pregunta y recibir respuesta, incluso aunque no fuera la que buscábamos. Por suerte o por desgracia, son el camino para todo en esta vida. Hablamos con nuestro amigo, nuestra madre, con un desconocido, hasta con Dios... y ni con toda esa práctica somos conscientes de lo que decimos. Qué extraño resulta a veces descubrir que no son las palabras las que hablan, sino nosotros mismos.